De vez en cuando, aparece.
Y es frugal. Tan frugal que a veces no sabes que la estás sintiendo.
Somos esclavos de la felicidad, y le exigimos demasiado. Queremos que se prolongue en el tiempo cuando en realidad, es una sensación efímera. Por eso es tan fuerte.
Y la echamos tanto de menos cuando no está que nos inventamos una palabra, nostalgia, para justificar esa esclavitud que nos supone la eterna búsqueda de esa frugalidad.
Sólo cuando pasa el tiempo, poco o mucho, puedes valorarla. Y yo, por si se me olvida mañana y antes de que vuelva a buscarla, quiero constatar que la sentí, hace muy poco, y de muchos modos.
Una caricia mientras conducía, un "me encanta" a algo que dije, una sonrisa sincera, un beso espontáneo, una carcajada de repente, aparcar en la puerta del restaurante, una mano en la espalda, un regalo tonto pero con sentido, un abrazo en el pasillo, un gracias, una mirada que lo dice todo, hablar algo en clave y sonreír, un "estás bien?, un guiño discreto de ojos, una caricia en la mano...
Una cerveza griega comprada sin pensarlo, un cono de jamón, elegir pizza para el otro, una foto juntos contra el espejo, elegir chocolate a medias, un desayuno sorpresa, una señal para que discretamente llenes la copa...
Dar a la vez al botón de la audioguía, borrar una foto sin permiso, una siesta abrazados, movilizarse para encontrar aquello que querías, cambiar la almohada por otra más cómoda, cambiar los muebles de sitio, ayudar a decorar...
Mirarte. Sentirte cerca. Saber lo que sabemos pero disfrutar el momento...
Por desgracia, la felicidad es efímera.
Por suerte, el recuerdo es eterno.